Es fácil pensar en desaparecer la Liga MX femenil por no dejar dividendos económicos. Los dueños del balón han dejado de lado, una vez más, el bienestar del deporte por la preocupación de sus carteras y sin importar que muchas de las jugadoras se dediquen de lleno a ello, a pesar de no dejar tanto dinero como para vivir.

Tampoco nos hagamos como que no vemos nada. Sí, tener un equipo profesional involucra una inversión, gastos en viajes, hospedajes y equipamiento deportivo, pero nada comparado con lo que se dedica a los primeros equipos o incluso a algunos de fuerzas inferiores varoniles.

Aproximadamente, la mejor futbolista de la Liga MX femenil posee un sueldo de 1500 dólares al mes, mientras que el mejor pagado de la máxima categoría varonil percibe alrededor de 500,000 billetes verdes.

Algunos de los problemas se encuentran también en la distribución de presupuestos: en casos como América, Pachuca o Tigres, las mismas marcas que patrocinan a los hombres lo hacen con las mujeres. No es casualidad que sean estas escuadras las que puntean una competencia bastante dispareja. El máximo ejemplo es Cruz Azul, pues la rama de las damas no cuenta con el apoyo ni de la propia casa cementera, ni del escudo institucional o de las instalaciones del primer equipo de varones.

Por último, es importante cuestionarse si los partidos no encuentran el éxito en la taquilla y las audiencias televisivas porque se trate de un espectáculo poco atractivo o porque los cotejos se desarrollan en horarios poco dúctiles para ser vistos. Las grandes cadenas de medios de comunicación determinan la producción de un contenido que, en vías de desarrollo, necesita el apoyo máximo de todos sus involucrados. No nos hagamos más, este proyecto tiene detractores por el simple hecho de incomodar a los varones en sus presupuestos y comodidades.

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