El toreo: ecología, arte y verdad

La tauromaquia, o también llamada fiesta de los toros, ha estado presente en suelo azteca desde su conquista hasta la actualidad, sin embargo, su declive es notorio en una sociedad indiferente e intolerante a ella.

La llegada del toreo como consecuencia de la conquista – Foto: especial.

Defendida por muchos por ser un evento histórico, de tradición e impulsor de la cultura, encontramos que según el historiador mexicano Nicolás Rangel, en su libro ”Historia del toreo en México: época colonial (1529-1821)” en 1924, la primera expresión de la tauromaquia en México data del 13 de agosto de 1529 en conmemoración de la toma de la gran Tenochtitlán, lo que resulta, al día de hoy y con su respectiva evolución, un total de 490 años de festejos taurinos en nuestro país.

Después de casi cinco siglos de festejos, historias, anécdotas e ilusiones que dieron sentido a la vida de generaciones y generaciones de simpatizantes, los argumentos de quienes están a favor de la fiesta de los toros son válidos, justificables y visibles, en un país que aún realiza festejos taurinos en sus distintas plazas.

Pese a ser una actividad nacida en España, desde su llegada al nuevo continente se le dio un valor que trascendería fronteras de tiempo y espacio. Basta con recordar una de las visitas de Hernán Cortés en la que ofreció a su primo, el licenciado Juan Gutiérrez Altamirano, el pueblo de Calimaya, propiedad en la que se formó la primera finca dedicada a la crianza del toro bravo. Además de traer de lo mejor del ganado español con la autorización de Carlos V, y no solo para fines alimenticios, sino también para la lidia.

Ilustración: especial.

Ubicada en la zona metropolitana de Toluca, Estado de México, la ganadería brava de Atenco nació en 1522 y con el paso de los años se convirtió en la madre de la fiesta en nuestro país; incluso, después de más de 495 años, sigue alimentando festejos taurinos a lo largo y ancho de la república mexicana. También es considerada la más antigua en la historia del toreo del mundo.

Campo Bravo

Una de las premisas más utilizadas por los grupos antitaurinos es la del ‘sufrimiento’ del bovino. Entonces, partiendo de esta justificación, habrá que hacer la diferencia inmediata entre el toro de lidia y el toro de engorda, este último como fuente de alimentación de la sociedad, sometido a la explotación sistematizada e industrializada.

Entre las diferencias básicas de uno y otro destaca el período y las condiciones de vida. Por un lado, el ganado bravo crece en plenitud, libertad, con una alimentación natural que le ayudará a desarrollarse durante 4-5 años en la dehesa. Esto está regulado por la Asociación Nacional de Criadores de Toros de Lidia, que busca garantizar que el ganadero en cuestión tenga las condiciones necesarias para la crianza.

Por otra parte, el toro de engorda o consumo comúnmente es criado en pequeños espacios que no representen altos gastos de rentabilidad. Lo mismo sucede con su alimentación, la cual es modificada para apresurar su crecimiento y así no tener que mantenerlos por mucho tiempo. Este plazo generalmente dura de 10 a 14 meses, en los que el animal está mal alimentado, pero lo suficientemente grande como para ser comercializado. Incluso, se ha documentado el uso ilegal de sustancias como el clembuterol para la explotación del ganado de engorda.

El campo bravo encuentra sentido en la bravura del toro de lidia, misma que, estratégicamente, es buscada mediante los cruces genéticos de los sementales y las vacas. Por lo tanto, pese a ser una actividad verdaderamente costosa, la crianza de toro bravo va más allá de fines económicos, al contrario, muchas veces ni si quiera podría considerarse rentable; sin embargo, las cuentas se pagan por el amor al arte.

Es importante destacar que las fincas en las que se realiza esta práctica han pasado a ser una gran fuente de empleo para los habitantes de zonas aledañas a las más de 300 ganaderías de toro bravo registradas en el país.

Además, el toro bravo cumple funciones que entrelazan al arte y la ecología. Como lo menciona José Carlos Arévalo Díaz de Quijano, en su libro ‘Vida y lidia del toro bravo’, los astados «cumplen funciones imprescindibles para el cuidado del hábitat, su peligro aleja la presencia del hombre, acoge a otras especies animales, nómadas o en peligro de extinción, prepara el suelo durante el invierno para salvarlo de la incandescencia del verano, preserva con su especial yantar las semillas que garantizan la perennidad del arbolado, abona con sus heces los cercados esquilmados y su parca concentración demográfica garantiza la calidad oxigenante de estas reservas, verdaderos pulmones del país».

La Plaza México

Arrancada su construcción en 1944 e inaugurada el 5 de febrero de 1946, con un cartel compuesto por Luis Castro ‘El Soldado’, Manuel Rodríguez ‘Manolete’, Luis Procuna y toros de San Mateo, el coso más grande de México y de mayor aforo del mundo empezó a escribir su historia a unas cuadras de Insurgentes.

‘Jardinero’, ese era el nombre del primer toro que se entregó en el ruedo del coso de Insurgentes, y fue Luis Castro ‘El Soldado’, vestido de marfil y plata, quien regaló las primera obras de arte disfrazadas de capote, muleta y espada.

Los cosos taurinos reúnen, además del sector aficionado, a distintas figuras del deporte, el cine, la cultura y la política, y funge como punto de reunión para distintas industrias periféricas, tales como la moda, la comida, la bebida, la música, la pintura, la escultura y la de los habanos.

Una tarde en los toros

Sin duda, el toreo es un espectáculo fuerte, por eso hay que entender sus motivos. Uno asiste a la plaza de toros con la garantía de que presenciará la muerte, ya sea del toro, del torero o de cualquier subalterno que esté participando en la lidia.

Por lo tanto, hay que entender a la fiesta brava desde lo mítico, expresado a partir de un cara a cara entre la vida y la muerte, en la que de un lado está el toro bravo de más de 500 kgs. y del otro el ser humano, quien tirará de su inteligencia para finiquitar un acto de valentía, pero, sobre todo, de admiración y respeto hacia el toro por su entrega, valor y bravura.

Con un porcentaje variante, pero igual de significativo, los cosos taurinos suelen presenciar el ‘indulto’, que consiste en otorgar la continuidad de la vida al toro que, gracias a su bravura, entrega, fiereza, embestida y recorridos, merece regresar a su ganadería de procedencia para convertirse en semental y así poder heredar genéticamente sus virtudes, hasta el día que culmine el ciclo natural de su vida.

Ser antitaurino está de moda

Con la llegada de las redes sociales y todas las nuevas plataformas de comunicación, la sociedad ha adoptado y replicado un discurso en contra de la tauromaquia que generalmente desconoce.

Es válido no simpatizar con las formas o ideas de la fiesta, lo que no es válido es reprobarla sin si quiera saber en qué consiste. Tampoco es válido minimizar un festejo en el que muchos encuentran distintas expresiones artísticas. Por lo tanto, la investigación y formación deberían ser prioridad para definir el futuro de esta práctica.

Si se quiere opinar sobre una actividad, la que sea, primero hay que conocerla y entenderla, porque tal vez esa pequeña acción en el proceso pudiera hacer la diferencia en el ocaso de una de las tradiciones más arraigadas a la historia mexicana.

En un mundo tan diverso, sería lógico que quienes disfrutan la tauromaquia sigan asistiendo a las plazas de toros sin ser juzgados, criticados y agredidos. Debe priorizarse el respeto a todas las ideas y posturas, aún cuando estas no simpaticen con las nuestras.

Para concluir la reflexión, retomaré algunas líneas del documental ‘Un filósofo en la arena’, ese que, de la mano del filósofo francés Francis Wolff, pretende comprender la pasión que emana de la fiesta de los toros desde una perspectiva filosófica.

«¿Preferirían una vida de esclavos y morir en el matadero? ¿O vivir libres y morir peleando?»

– Un filósofo en la arena.

«El sentido, la esencia y el valor de la corrida descansa sobre dos pilares: el primero es la lucha del toro que no debe morir sin haber podido expresar, de la mejor manera, sus facultades ofensivas o defensivas; el segundo pilar, simétrico del primero, es el compromiso del torero, el cual no puede afrontar a su adversario sin jugarse la vida. Ninguna corrida tendría interés sin ese permanente riesgo de muerte del torero. ¡De nuevo, esto es justamente lo contrario de la tortura!»

– Francis Wolff.

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