Luego de la salida de Tomás Boy de la dirección técnica de Chivas, las dudas sobre su capacidad para entrenar en el máximo nivel surgieron, pero el debate no tenía que haber ido por esa ruta.

Sillas calientes, manos tibias

Los discursos populacheros abundan en el negocio deportivo nacional. Se discute sobre la capacidad y evolución de los equipos con tal o cual entrenador; que si tienen para ser mejor explotados los planteles, que si los resultados poco afortunados son síntoma de un ultimátum para el estratega y miles de cosas tan absurdas como si todo un equipo de futbol dependiera de un hombre.

Foto: Especial

Desde que la familia Vergara tomó Guadalajara, el equipo no camina. Para hablar de grandeza, la constancia es clave y este equipo no ha hecho más que arrastrar su prestigio. 26 técnicos en 17 años, cuatro periodos de mínimo dos años cada uno sin entrar a liguilla y una constante fama de pelear por no descender acompañan al Rebaño.

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Si cada entrenador tuvo tan poca paciencia y fue destituido a la primera mala racha en la que se encontro sostenido, ¿qué hace pensar que es el culpable de la situación de Chivas?, hay que revisar planteles, directivas, decisiones empresariales, venta de jugadores para lucrar a más no poder y desmantelar los cuadros, poca flexibilidad en cuanto a la operación deportiva, entre otros factores que hunden en el viacrucis al club.

El Jefe Boy tuvo una mala productividad de puntos, pero un gran progreso en el volumen de juego. Con 9 derrotas, 4 victorias y 2 empates, Tomás sumó 14 de 48 puntos, un 31% de efectividad.

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Hay que analizar con mayor profundidad: sin cabeza en la dirección deportiva, un presidente que sabe de cine y no de la cancha, que no tiene idea de lo deportivo y que, parece, no razona, sino comete error tras error al tener decisiones tan absurdas y viscerales como echar a su técnico a dos días de disputar el honor en la cancha del Estadio Azteca ante el América, jugadores con errores puntuales: dos penales cometidos en dos partidos, un error brutal de Briseño cuando tenían en un puño a Pachuca, luego, Gudiño regala el 4-2 y, para acabar de endulzar el té, son pésimos en zona de definición.

No, Tomás Boy no dejó en el hoyo a Chivas. Puso el pecho a las balas, se echó encima la presión sobre el pobre rendimiento de sus futbolistas y su actitud vaga fuera de la cancha; recuperó los conceptos básicos del deporte y dejó al equipo a tres puntos de liguilla, que, para ser honestos, su futbol entregó mejores cosas en la ecuación que lo que la tabla reflejó.

En fin, los burdos análisis seguirán cuestionando a una sola persona como el problema de toda una historia dantesca que enreda a quien intenta aflojar el nudo. Esta novela tiene todo, tristeza, llanto, humor, enojo, villanos cínicos, héroes derrotados y caos por donde se analice; digna de la mejor serie que su dueño, Amaury Vergara, pudo pensar en crear.

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