“En la infancia está el germen de la ciudad futura, gobernada y pervertida por los niños inciertos”, es una de las primeras líneas de El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez. Incierto, esa es la palabra para definir el futuro de esta generación de jóvenes mexicanos que hoy alcanzó, por cuarta ocasión, una final del Mundial Sub17.

México puede jactarse hoy de ser una potencia en la categoría, asistir a cuatro de las últimas ocho finales en Copa del Mundo lo respaldan. Hasta ahí todo bien, el problema llega cuando los siempre llamados ‘niños héroes’ tienen que dar el siguiente salto y dar continuidad a su papel de figuras, pero esta vez en las grandes ligas, y ahí la responsabilidad ya no es de ellos, esa corre por cuenta de los hombres de corbata en el futbol mexicano.

De la generación dorada de 2005, aquella que se coronó en Lima ante Brasil, saltan nombres como Carlos Vela, Giovani dos Santos, César Villaluz, Héctor Moreno, entre otros tantos. Salvo Villaluz, los otros tres se establecieron en Europa. Pero la afición mexicana lamenta que tan prometedoras figuras no hayan llegado a la élite mundial y peor, que en selección mayor solo hicieran más de lo mismo.

La historia se repitió en 2011, la selección Sub17 alzaba el campeonato mundial en tierras mexicanas y con el título, se renovaba la ilusión de un futuro mejor. Jonathan Espericueta, relegado y malquerido en Tigres por el ‘Tuca’ Ferretti, a él se le suman Julio Gómez o Marco Bueno, que también quedaron en el olvido. ‘Pollo’ Briseño, Carlos Fierro, ‘Ponchito’ Gonzáles y Kevin Escamilla encontraron un hueco en primera división, pero ninguno de ellos figura hoy en la Selección Mexicana.

Por último la generación subcampeona en 2013, otra vez nos reafirmábamos como potencia de la categoría. Al grueso de es plantilla se le perdió la pista, sobrevivieron Raúl Gudiño, sin pena ni gloria en Europa y hoy banqueado en las Chivas; Alejandro Díaz se cansó de esperar en América, Edson y Lainez le comieron el mandado y hoy milita en el Asenso; Erick Aguirre y Ulises Rivas, que se mantienen en buen nivel en la primera división y Omar Govea, que salta de equipo en equipo en el viejo continente. Aun así, tampoco son cartas fuertes en el Tri y no están cerca de serlo.  

Cuesta entender como somos una potencia juvenil y que eso no se refleje en selección mayor. El engranaje funciona en las inferiores, no con la precisión de reloj suizo, pero camina. Donde falta un proyecto sólido y bien planeado es en la transición, las promesas se pierden en el camino y los que sobreviven ven minutos a cuentagotas hasta que el hastío de la banca y la bruma de la incertidumbre los desaparece del radar.

Seguiremos festejando los títulos conseguidos por los niños, como hace 14 años en Lima y como lo hicimos en 2011 en el Azteca. Volveremos a enfundar la camiseta del Tri, haremos del Ángel de la Independencia una sucursal del manicomio, gritaremos el acostumbrado “¡si se puede!” y pintaremos los mundiales de verde, siempre aferrados a la ilusión de trascender a nivel mayor y codearnos con la élite, aunque por dentro sabemos que no estamos ni cerca de lograrlo.