Alemania en la memoria: el mundial de los héroes

A casi 17 años de la caída del Muro de Berlín, Alemania organizaba la décimo octava Copa del Mundo. La segunda en su historia, tras haber sido anfitrión en 1974. Se trataba de un país efervescente, con las heridas de 28 años de división todavía cicatrizando. La sede les fue otorgada el 7 de julio del año 2000, al superar por un voto (12 a 11) a Sudáfrica, que terminaría por albergar el campeonato cuatro años más tarde.

Para este torneo se invirtieron 1.380 millones de euros en la construcción de nuevos estadios, incluido el Allianz Arena, la portentosa casa del Bayern Múnich. En dicho recinto, el 9 de junio dio inicio el campeonato, con el partido entre La Mannschaft y Costa Rica. Los teutones se impusieron por 4-2.

Aquel día, confluyeron en el campo jugadores como Michael Ballack, Philipp Lahm, Torsten Frings, Miroslav Klose, Bastian Schweinsteiger y Lucas Podolski. Presente y futuro. Y solo era una muestra, pues nunca antes un mundial había reunido la cantidad de figuras que desfilaron hace catorce años en los engramados verdes de Alemania.

México y Argentina, caminos cruzados

Aztecas y pamperos estaban destinados a enfrentarse. Había pasado en los dos últimos años. Victoria para el Tri en la Copa América 2004 y victoria en penales para la albiceleste en la Confederaciones 2005. El azar los haría coincidir otra vez, como si de la batalla final se tratara.

Rafa Márquez comandaba al conjunto verde, que gozaba de una mezcla de juventud con experiencia. El gran ausente fue, sin duda, Cuauhtémoc Blanco. México avanzó de rodillas a octavos de final. Venció a Irán, pero empató amargamente con Angola y puso en riesgo su pase al perder con Portugal.

Por su parte, Argentina había cambiado de timón a mitad del camino. José Pékerman entró al mando ante la renuncia de Marcelo Bielsa. De la mano de figuras como Juan Román Riquelme, Hernán Crespo, Esteban Cambiasso y Roberto Ayala, los sudamericanos entraban en la categoría de favoritos.

Así lo hicieron ver desde su debut. Se impusieron a la Costa de Marfil de Didier Drogba y arrollaron a Serbia y Montenegro por 6-0. En aquel cotejo, Lionel Messi debutó en un campeonato mundial y marcó su primer gol. Un empate de trámite con Holanda les dio el liderato. Una vez más, México en el horizonte.

El zapatazo de Maxi y las decisiones de Pékerman

Argentina ganó la batalla final, el desempate de la trilogía. México empezó ganando con gol del capitán, Rafa Márquez, pero Hernán Crespo igualó el marcador. Tras 90 minutos sin tregua, una volea irrepetible de Maxi Rodríguez puso el 2-1 definitivo. La noche aciaga de Leipzig. México volvía a casa una vez más. La Albiceleste jugaría contra Alemania.

Roberto Ayala adelantó a los suyos. A diez del final, Miroslav Klose empató. Pero en ese lapso, Pékerman realizó un cambio que al día de hoy sigue causando lamentos. El técnico sacó del campo a Riquelme para meter a Cambiasso. La intención era asegurar el resultado con un volante de marca, en lugar de apostar por tener el balón. Con el 1-1 el error pareció evidente.

Foto: ESPECIAL

En una conjunción de desgracias, el arquero titular, Roberto ‘Pato’ Abbondanzieri, sufrió una lesión en la mano tras un choque con Klose, lo que le obligó a salir del campo. El Pato era especialista en penales. Pékerman también se guardó a Messi. En ese entonces, el rosarino no tenía la presión con la que años más tarde cargaría. El la tanda de penales, Ayala y Cambiasso erraron. Alemania anotó sus cuatro tiros y pasó a las semifinales.

El epílogo del genio

Zinedine Zidane sabía que no había vuelta atrás. La decisión era inapelable: en Alemania pondría fin a su prolífica carrera. Campeón del mundo en 1998 y decepción en 2002, Zizou jugaba la última carta de su odisea al frente del pelotón bleu.

El inicio no fue alentador para el conjunto galo. Apenas pudieron superar la fase de grupos con cinco puntos, como segundo lugar, a la sombra de Suiza. Sin embargo, para los partidos de vida o muerte el genio marsellés tenía reservada una última dosis de magia. Frente a España, dejó sembrado a Carles Puyol y definió con sangre fría ante Iker Casillas. 3-1 y a lo que sigue.

No podía existir rival más perfecto. Brasil, la todopoderosa selección de Ronaldo, Ronaldinho, Kaká, Adriano, Roberto Carlos y Cafú. El equipo dirigido por Carlos Alberto Parreira era el monarca defensor y favorito unánime para campeonar de nuevo. Habían ganado la Copa América y la Confederaciones en el camino, ambas a costa de Argentina. En el mundial, su paso era perfecto: cuatro ganados de cuatro jugados.

La noche del 1 de julio atesora la clase magistral impartida por Zidane. Sombreritos, bicicletas y la ruleta, marca de la casa. Con gol de Thierry Heny, a pese del Mago, Francia dejó fuera al equipo preferido de las casas de apuestas. La generación que aglutinó a Patrick Vieira, Fabian Barthez, Claude Makélélé y Franck Ribéry parecía no tener freno en su camino a la gloria. En semifinales, un solitario penal de Zizou bastó para eliminar a Portugal. Ni Figo, ni Deco ni un novel Cristiano Ronaldo resultaron suficiente oposición.

Foto: ESPECIAL

La Azzurra en la cumbre

Italia siempre es favorita. Subestimarles equivale a cometer un pecado capital. Lo suyo no es copar las primeras planas. Pueden tener incluso participaciones funestas y su prestigio permanece intacto. Ese prestigio lo revalidaron en Alemania.

Los pupilos de Marcelo Lippi fueron de menos a más. Pasaron primeros de grupo sobre Ghana, Estados Unidos y la República Checa de Nedved, Cech y Rosicky. En octavos, un penal inventado en el último minuto del tiempo regular les dio la agónica victoria ante Australia. En la siguiente ronda le pasaron por encima, 3-0, a la sorprendente Ucrania de Andriy Shevchenko.

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En semifinales, Italia y Alemania brindaron una edición más del clásico europeo de mayor abolengo. El encuentro fue rispido y tuvo pocos espacios. El cero en los cartones se extendió hasta los tiempos extras. Ahí una pincelada de Andrea Pirlo puso a Fabio Grosso de cara al arco: un zurdazo batió al imponente Jens Lehmann.

Posteriormente, Fabio Cannavaro, ganador del Balón de Oro, recuperó la pelota y gestó un contragolpe letal: Alberto Gilardino aguantó el movimiento a sus espaldas por parte de Alessandro Del Piero, que con un deslumbrante toque de parte interna sepultó la esperanza germana.

La eterna noche de Berlín

Italia y Francia fueron las selecciones encargadas de cerrar el campeonato. El estilo de ambos equipos podía anticipar un partido cerrado. Pronto, sin embargo, las emociones florecieron. Zidane cobró a lo Panenka desde los once pasos para abrir el marcador. El impetuoso Marco Materazzi empataría la final al impactar de cabeza un centro enviado desde el córner por Pirlo.

Ocho años antes, en París, los galos tocaron el cielo gracias a dos cabezazos de Zidane. Ahora, en Berlín, otros dos testarazos del marsellés marcarían la diferencia. El primero, un sólido remate que Giuanluigi Buffon desvió providencialmente para evitar la caída de su arco; el segundo, el cabezazo más recordado en la historia del futbol.

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El genio perdió la cordura. Tras jalonearse con Materazzi en un tiro de esquina, Zizou dijo al zaguero que le podía dar su camiseta si la quería, pero al final del partido. “Prefiero a la puta de tu hermana”, fue la respuesta. Zidane siempre se caracterizó por su elegancia, pero dentro de él habitaba un carácter explosivo, susceptible de las provocaciones. La misma testa que podía gestar obras de arte en un instante ahora se impactaba contra el pecho de un bravucón de barrio.

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Los penales pudieron haberse ahorrado. Cuando Zinedine Zidane salió del campo, pasó al lado del trofeo y fue incapaz de voltear a verlo, el resultado era evidente. El disparo errado por David Trezeguet y el cobro perfecto de Fabio Grosso solo confirmaron lo inminente. El genio y su ejército se marchaban de Alemania con las manos vacías. Cannavaro alzó la Copa del Mundo en el Estadio Olímpico de Berlín. Lo hizo para toda la eternidad.

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