La patria a las doce del día

No se juega buen futbol en la Ciudad de México al mediodía. A esa hora, el sol cae inclemente, radiante, en la desdichada humanidad de millones. Es una oda al infierno. Diego Armando no era inmune a ese suplicio. El más terrenal de los dioses sabía que de un escenario así solamente vale salir con la bandera en lo alto. ¿El precio? El que fuera. Los artistas saben ser caprichosos pero también entienden cuando la realidad demanda pragmatismo.

El manual dice que política y futbol no deben mezclarse. Debe ser un manual inútil. Para lo bueno y lo malo, no hay forma de alejar al balón de los pantanos políticos. Ese día, el 22 de junio de 1986, Argentina enfrentaba a Inglaterra por los cuartos de final del mundial de México. Cuatro años antes, en un despropósito compartido, ambos países habían disputado un partido sideralmente más cruento y despiadado que el que estaban por disputar ahora. Las Islas Malvinas no volvieron a ser argentinas tras esa guerra. No en los papeles. No oficialmente. Pero, en realidad, al menos por dos horas, Argentina no solo recuperó las islas de la discordia: se adueñó del mundo entero.

Primero, la tropelía; en un salgo intrépido, Maradona gano el balón por altura Peter Shilton, guardameta inglés. La Albiceleste se iba arriba en el marcador. La trampa convertida en justicia. Pero la trampa no puede ser legitimada por sí sola. Necesita del arte para poder trasmutar en justicia. Y ahí aparecieron los regates eternos. Ruleta. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Nadie lo va a detener. No lo va a detener el sol infernal. Dios podría bajar del cielo, barrerse y no le quitaría el balón. Cinco. Seis. Butcher le metió una patada artera cuando la obra de arte era inminente. El temple de Maradona, que ya era de acero, adquirió tintes divinos en el infierno del mediodía mexicano.

Una victoria no iba a sanar las cicatrices. No había manera de equipar los dos partidos, el de la guerra y el del futbol. Pero como lo dijo el escritor Eduardo Sacheri: “Si son ellos (los que ganan) la humillación va a ser todavía más grande, más dolorosa, más intolerable. Vamos a tener que quedamos mirándonos las caras, diciéndonos en silencio «te das cuenta, ni siquiera aquí, ni siquiera esto se nos dio a nosotros»”. Los puristas dirán que es demagogo mezclar patria con futbol. Razón no les falta. Pero hay excepciones. O ni siquiera “excepciones”. Hay una excepción. Una vez en la vida tiene que haber una excepción.

La clarividencia fue, por un día, un don al alcance de todos los seres humanos. Después de esos noventa minutos, no había mortal capaz de dudar que Maradona alzaría la Copa del Mundo. La alzó desde ese día por adelantado. La trampa santificada, luego eclipsada por el “barrilete cósmico”, como lo bautizó Víctor Hugo Morales en el relato para la radio argentina. La Copa tenía dueño. La guerra la había ganado un solo hombre. Y allá arriba, lejos del sol infernal, en los palacios celestiales, el firmamento se convertía en la casa de Diego Armando Maradona.

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