Perder como nunca

México jugó como siempre. Del modo que sabe hacerlo en los grandes momentos. El cliché de que “México jugó como nunca y perdió como siempre” hace rato que debería estar arrumbado. Dicen verdad quienes sostienen que las eliminaciones del Tri está garantizadas cuando el reloj marca los octavos de final en una Copa del Mundo. Pero a esos profetas que se jactan de saber cuándo se dará la eliminación habría que preguntarles si sus brillantes mentes conocen cuál será la historia que entrañará esa derrota. Porque si algo hay de cierto es que México nunca pierde del mismo modo. Es decir, nunca pierde “como siempre”.

El 24 de junio de 2006, la selección comandada por Ricardo La Volpe se veía de nuevo las caras con Argentina. Se habían enfrentado durante los últimos dos años, en Perú por la fase de grupos de la Copa América y ya en tierras germanas por las semifinales de la Copa Confederaciones. Con un triunfo para México (1-0) y otro para Argentina en penales (6-5), llegaba el desempate en un escenario inmejorable. En ambos compromisos, el combinado verde dejó constancia de su futbol estético, producto de las ideas de “El Bigotón”.

Rápidamente, a los seis minutos, Rafa Márquez adelantó en el marcador a los suyos tras rematar a segundo poste un envío al área de Pável Pardo. La euforia desbordada duró apenas unos instantes, pues al 10′ Hernán Crespo conectó de cabeza un centro de Juan Román Riquelme para empatar el cotejo. En adelante, el partido fue dominado por México. Los sudamericanos batallaron para encontrar a sus solistas, mientras que los pupilos de La Volpe manejaron los hilos de la historia sin complejos.

Roberto Ayala y Gabriel Heinze padecían para sacar la pelota limpia desde el fondo; en contraparte, Ricardo Osorio, Rafa Márquez y Carlos Salcido daban cátedra con una salida pulcra y generaban ventajas en el mediocampo. La explosividad de Andrés Guardado tomó por sorpresa al cuadro de José Pékerman. Ante la asfixia mexicana, el timonel pampero dio entrada a Pablo Aimar y Carlos Tévez para el complemento; sin embargo, Oswaldo Sánchez supo apagar el peligro en las aproximaciones argentinas.

El partido tendría que resolverse más allá de los noventa minutos. El fantasma de los penales comenzaba a rondar la atmósfera de Leipzig. Imprescindible, la tragedia llegaría al destino mexicano. Pero esta vez no lo haría con un halo de fatalidad, sino con la resignación de caer frente a una obra de arte. Si cuatro años atrás, con Estados Unidos, la sensación fue la de haber tenido el quinto partido entre las manos, aquí, cuando llegaron los tiempos extras, la única certeza era que cualquier eventual reproche sería indigno.

Y llegó el momento que todos esperaban pero cuyo desenlace nadie sabía. Un novel Lionel Messi abrió el balón para Juan Pablo Sorín por la banda; este mandó un cambio de juego para Maxi Rodríguez, que la bajó de pecho y conectó el esférico con su pierna débil. Al ángulo. En vano fueron los 22 minutos que le restaban al cotejo. México se iba eliminado del mundial una vez más. Tristeza absoluta, pero no tristeza absurda. México añadió un libro memorable a su biblioteca de derrotas. México jugó como siempre y perdió como nunca.

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