Derrotas perfectas

La Bombonera es un estadio místico. Muchos dicen que tiene vida propia. Sus latidos hacen temblar a la cancha. En perfecto idilio con su huésped, el Club Atlético Boca Juniors, este coloso con capacidad para 60 mil almas juega su propio partido. Para corresponder a ese apoyo se necesita de mucha personalidad, amén de un talento intrínseco a la grandeza xeneize. Pero meterse en esa caldera como visitante, en una final de Copa Libertadores, requiere de un tesón que sólo está al alcance de unos cuantos elegidos.

El 28 de junio de 2001, Cruz Azul osó silenciar a “El Templo”. La oncena de José Luis Trejo aterrizó en el corazón de la capital argentina para disputar la final de vuelta de la Copa Libertadores. En el primer partido, Boca se hizo de la victoria por la mínima en la Ciudad de México. Reforzados con José Saturnino Cardozo y Sergio Almaguer, los cementeros mezclaron juventud con experiencia. Los goles de Francisco Palencia, la seguridad de Óscar Pérez en el arco, y el talento de Ángel ‘Matute’ Morales empujaron al equipo celeste a la final del campeonato.

El recibimiento para Boca Juniors no podía ser distinto. Un festival de pirotecnia y papeles por doquier anunciaban que el campeón del mundo, el cuadro que había superado al Real Madrid en Japón, estaba en casa. Sin Martín Palermo, vendido al Villarreal, el mandamás bostero, Carlos Bianchi, echó mano de Walter Gaytán como falso nueve, acompañado en el ataque por Marcelo Delgado; por detrás de ellos, el dueño de la ’10’, Juan Román Riquelme. La ventaja de la ida les generaba confianza. No había forma de que la fiesta fuese arruinada.

El camino de Cruz Azul había sido largo. La travesía para clasificar a la Libertadores incluyó dos fases previas contra rivales de la liga mexicana, llamadas “Pre pre-Libertadores” y “Pre-Libertadores”. Ya en el torneo, al ascenso meteórico de ‘La Máquina’ fue inédito para un club azteca. Superaron la fase de grupos con holgura. En octavos, despacharon a Cerro Porteño. Para la ronda de cuartos, llegó el examen de fuego: River Plate. Luego de un 0-0 en el Monumental, los de La Noria se impusieron 3-0 en el Estadio Azteca, habilitado como hogar celeste debido al apoyo desbordado por parte de aficionados de casi todos los colores.

Tras eliminar a Rosario Central en las semifinales, el paradero final era inevitable. Y ahí, en la cancha de Boca, Cruz Azul jugó sin complejos. Como buen pugilista mexicano, el equipo de Trejo salió a intercambiar puñetazos, a buscar el partido. Tomás Campos avisó desde temprano con un zurdazo que impactó el poste de Óscar Cordoba. Posteriormente, al minuto 43, la estupefacción invadió el semblante de los 60 mil hinchas que copaban La Bombonera. Palencia envió el balón a la red luego de una asistencia de Cardozo. La constelación xeneinze no podía dar crédito a lo que sucedía en su propio campo. Y cuando Julio César Pinheiro impactó el poste por segunda vez en la noche, la proeza celeste parecía tangible.

El cotejo llegó hasta la definción por penales. Ahí, ensoberbecida, La Bombonera tomó justicia por mano propia. El pecado capital de haberla silenciado no podía quedar impune. Pablo Galdames, Alberto Hernández y Pinheiro erraron sus disparos. Boca se dio el lujo de fallar uno, por conducto de su capitán, Jorge “Patrón” Bermúdez; sin embargo, el destino estaba escrito. La mole de hormigón jugó su partido. Boca Juniors se coronó como Rey de América. Cruz Azul coleccionó una derrota memorable, muy distinta a las que acumularía años después. Aquella fue una derrota perfecta. Cuando La Bombonera quiere jugar, hay poco que hacer.

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